2
Tilde: (lat. titulu, indicio, seña) substantivo fem. 1) acento gráfico y rasgo que se pone sobre la ñ o sobre algunas abreviaturas, o signo análogo. 2) cosa mínima.
Yo sé, pero no debería
Marina Colasanti
(Traducción: Martha Eyzaguirre)
Yo sé que la gente se acostumbra. Pero no debería.
La gente se acostumbra a vivir en apartamentos de los fondos y no tener otro punto de vista que el de las ventanas de alrededor. Y, porque no tiene vista, luego se acostumbra a no mirar hacia fuera. Y, porque no mira hacia fuera, luego se acostumbra a no abrir del todo las cortinas. Y, porque no abre las cortinas, luego se acostumbra a encender más seguido la luz. Y a medida que se acostumbra a ella, olvidar el sol, olvida el aire, se olvida de la amplitud.
La gente se acostumbra a despertar sobresaltado en la mañana, porque tiene que llegar a tiempo. A tomar el café corriendo, porque está retrasado. A leer el periódico en el autobús, porque no se puede perder el tiempo de viaje. A comer sándwiches porque no da tiempo para almorzar. A salir del trabajo, porque es de noche. A dormir la siesta en el autobús porque está cansado. A ir a la cama temprano y dormir pesado sin haber vivido el día.
La gente se acostumbra a abrir el periódico y leer acerca de la guerra. Y, aceptando la guerra, acepta los muertos y que haya números para los muertos. Y, aceptando las cifras, acepta no creer en las negociaciones de paz. Y, no creyendo en las negociaciones de paz, acepta leer todos los días de la guerra, de los números, de la larga duración.
La gente se acostumbra a esperar el día entero y escuchar en el teléfono: hoy no puedo ir. A sonreír a las personas sin recibir una sonrisa de vuelta. A ser ignorado cuando necesitaba tanto ser visto.
La gente se acostumbra a pagar por lo que desean o necesitan. Y a luchar para ganar el dinero con qué pagar. Y a ganar menos de lo que necesita. Y a hacer fila para pagar. Y a pagar más de lo que las cosas valen. Y a saber que cada vez pagan más. Y a buscar más trabajo, para ganar más dinero, para tener con qué pagar en las filas en que se cobra.
La gente se acostumbra a caminar por la calle y ver carteles. A abrir las revistas y ver anuncios. A encender la televisión y ver comerciales. A ir al cine y engullir publicidad. A ser instigado, conducido, confundido, lanzado a una catarata sinfín de productos.
La gente se acostumbra a la contaminación. A las habitaciones cerradas con aire acondicionado y olor a cigarrillo. A la luz artificial de un leve temblor. Al choque cuando los ojos captan la luz natural. A las bacterias del agua potable. A la contaminación del agua de mar. A la muerte lenta de los ríos. Se acostumbra a no escuchar a los pájaros, a no tener el gallo al amanecer, a temer a la rabia de los perros, a no comer la fruta en el pie (del árbol), a no tener siquiera una planta.
La gente se acostumbra a las cosas demasiado, para no sufrir. En pequeñas dosis, tratando de no darse cuenta, va desapareciendo un dolor aquí, un resentimiento allí, una revuelta allá. Si el cine está lleno, la gente se sienta en la primera fila y tuerce el cuello poco. Si la playa está contaminada, la gente moja sólo los pies y no el resto del cuerpo. Si el trabajo es duro, la gente se consuela en el fin de semana. Y si el fin de semana no hay muchas cosas que hacer, la gente se va a dormir temprano y aún así están satisfechos porque tienen siempre el sueño atrasado.
La gente se acostumbra para no rasparse, para preservar la piel. Se acostumbra para evitar heridas, sangrados, para esquivar el cuchillo y la bayoneta, para salvar el pecho. La gente se acostumbra para salvar la vida. Que poco a poco se gasta, y que, gastada de tanto acostumbrarse, se pierde de sí misma.
(1972)
Marina Colasanti nació en Asmara, Etiopía, vivió 11 años en Italia y desde entonces ha vivido en Brasil.
El texto anterior se encuentra en el libro editado por UNESCO-Brasil, “O pequeno libro das grandes emoções”.
Abajo, la versión original:
Eu sei, mas não devia
Marina Colasanti
Eu sei que a gente se acostuma. Mas não devia.
A gente se acostuma a morar em apartamentos de fundos e a não ter outra vista que não as janelas ao redor. E, porque não tem vista, logo se acostuma a não olhar para fora. E, porque não olha para fora, logo se acostuma a não abrir de todo as cortinas. E, porque não abre as cortinas, logo se acostuma a acender mais cedo a luz. E, à medida que se acostuma, esquece o sol, esquece o ar, esquece a amplidão.
A gente se acostuma a acordar de manhã sobressaltado porque está na hora. A tomar o café correndo porque está atrasado. A ler o jornal no ônibus porque não pode perder o tempo da viagem. A comer sanduíche porque não dá para almoçar. A sair do trabalho porque já é noite. A cochilar no ônibus porque está cansado. A deitar cedo e dormir pesado sem ter vivido o dia.
A gente se acostuma a abrir o jornal e a ler sobre a guerra. E, aceitando a guerra, aceita os mortos e que haja números para os mortos. E, aceitando os números, aceita não acreditar nas negociações de paz. E, não acreditando nas negociações de paz, aceita ler todo dia da guerra, dos números, da longa duração.
A gente se acostuma a esperar o dia inteiro e ouvir no telefone: hoje não posso ir. A sorrir para as pessoas sem receber um sorriso de volta. A ser ignorado quando precisava tanto ser visto.
A gente se acostuma a pagar por tudo o que deseja e o de que necessita. E a lutar para ganhar o dinheiro com que pagar. E a ganhar menos do que precisa. E a fazer fila para pagar. E a pagar mais do que as coisas valem. E a saber que cada vez pagar mais. E a procurar mais trabalho, para ganhar mais dinheiro, para ter com que pagar nas filas em que se cobra.
A gente se acostuma a andar na rua e ver cartazes. A abrir as revistas e ver anúncios. A ligar a televisão e assistir a comerciais. A ir ao cinema e engolir publicidade. A ser instigado, conduzido, desnorteado, lançado na infindável catarata dos produtos.
A gente se acostuma à poluição. Às salas fechadas de ar condicionado e cheiro de cigarro. À luz artificial de ligeiro tremor. Ao choque que os olhos levam na luz natural. Às bactérias da água potável. À contaminação da água do mar. À lenta morte dos rios. Se acostuma a não ouvir passarinho, a não ter galo de madrugada, a temer a hidrofobia dos cães, a não colher fruta no pé, a não ter sequer uma planta.
A gente se acostuma a coisas demais, para não sofrer. Em doses pequenas, tentando não perceber, vai afastando uma dor aqui, um ressentimento ali, uma revolta acolá. Se o cinema está cheio, a gente senta na primeira fila e torce um pouco o pescoço. Se a praia está contaminada, a gente molha só os pés e sua no resto do corpo. Se o trabalho está duro, a gente se consola pensando no fim de semana. E se no fim de semana não há muito o que fazer a gente vai dormir cedo e ainda fica satisfeito porque tem sempre sono atrasado.
A gente se acostuma para não se ralar na aspereza, para preservar a pele. Se acostuma para evitar feridas, sangramentos, para esquivar-se de faca e baioneta, para poupar o peito. A gente se acostuma para poupar a vida. Que aos poucos se gasta, e que, gasta de tanto acostumar, se perde de si mesma.
(1972)
"... Lo que lo fascinaba al respecto era que el espíritu y su manifestación material estuvieran tan íntimamente conectados que parecía permisible descubrir en cualquier parte correspondencias de Baudelaire; éstas se clarificaban e iluminaban recíprocamente, se las correlacionaba con propiedad de manera que finalmente ya no precisaran de ningún comentario interpretativo o explicativo. Se interesaba en la correlación entre una escena callejera, una especulación de bolsa, un poema, un pensamiento y la línea oculta que los sostiene juntamente y que permite al historiador o al filólogo reconocer que todos ellos han de estar situados en el mismo periodo. Cuando Adorno criticaba "la presentación de actualidades a ojos vistas" de Benjamin (Cartas II, 793) daba precisamente en el clavo; he ahí, ni más ni menos, lo que Benjamin hacía y lo que quería hacer. Muy influido por el surrealismo, su intento no era sino el "de captar el aspecto de la historia en las representaciones más insignificantes de la realidad, como si dijéramos en sus desperdicios" (Cartas II, 685). Benjamin tenía una pasión por las cosas pequeñas, diminutas incluso. Scholem habla de su ambición por colocar cien líneas en la página ordinaria de un cuaderno de notas y de su admiración por dos gramos de trigo en la sección judía del museo Cluny "sobre el que un alma infantil había escrito completo el Shema Israel". El tamaño de un objeto estaba para él en relación inversamente proporcional con su significancia. Y esta pasión, lejos de ser un capricho, derivaba directamente de la única visión del mundo que llegó a desempeñar en él una influencia decisiva, de la convicción de Goethe de que existía factualmente un Urphänomen, un fenómeno arquetípico, una cosa concreta a descubrir en el mundo de las apariencias donde "significación" (Bedeutung, el más goetheano de los términos, se repite una y otra vez en los escritos de Benjamin) y apariencia, palabra y cosa, idea y experiencia, coincidirán. Cuando más pequeño el objeto, tanto más idóneo parecía para contener cualquier cosa en la forma más concentrada; de ahí su complacencia en que dos granos de trigo contuvieran el Shema Israel completo, la misma escencia del judaísmo, mínima esencia que aparece en la mínima entidad, de la que en ambos casos se origina todo lo demás que, sin embargo, no puede compararse en significación con su origen..."